Cuando vas en el bus, cuando sales a caminar, cuando estás en otra ciudad o en otro pueblo o tal vez por el campo; ¿cuántas veces te has parado a conversar con los que están contigo?
¿Cuántas veces has puesto atención a su experiencia y gustado de lo que cuentan?
Tal vez no sabemos, tal vez has desperdiciado esos momentos.
¿Te habías dado cuenta que cada quien tiene su sabiduría y que cada quien tiene mucho que contar, sea verdad o no?
Lee este cuento, se llama la ventana.
Había una vez dos hombres, los dos con enfermedades graves en la misma pequeña habitación de un gran hospital, a uno de los hombres, como parte de su tratamiento se le permitía sentarse en la cama durante una hora por la tarde, algo relacionado con la extracción de líquidos de sus pulmones, su cama estaba junto a una ventana. El otro hombre debía pasar todo el tiempo acostado en su cama, acostado, boca arriba. Todas las tardes, cuando el hombre que estaba al lado de la ventana se instalaba en su cama para disfrutar de su hora sentado, pasaba el tiempo describiendo lo que había afuera, daba la impresión de que la ventana estaba frente a un parque en el que había un lago, en el había patos y cisnes y los chicos se acercaban para arrojarles pan y hacer navegar sus barquitos, los enamorados caminaban junto a los arboles tomados de la mano y habían flores y senderos de césped y juegos. Al fondo, detrás de la hilera de arboles, se veía un esplendido panorama de la ciudad recostada contra el cielo. El hombre acostado escuchaba las descripciones que le hacia su compañero sentado, disfrutaba de ellas minuto a minuto, oía que un chico casi se había caído al lago y lo lindas que estaban las chicas con sus vestidos de verano, las descripciones de su amigo en definitiva le hacían sentir que prácticamente podía ver lo que pasaba a fuera.
Una tarde el enfermo que siempre permanecía acostado se preguntó:
- ¿Por qué el hombre de la ventana debía tener todo el placer de ver lo que pasaba afuera? ¿Por qué no podía también él tener la misma oportunidad?
Se sintió avergonzado, pero mientras más trataba de no pensar así, mas quería el cambio, haría cualquier cosa.
Una noche mientras miraba al techo, el otro hombre se despertó de repente con tos y ahogo y trato desesperadamente de alcanzar el botón para llamar a la enfermera, él lo observó en silencio y sin moverse, incluso cuando el sonido de su respiración se detuvo.
A la mañana siguiente la enfermera encontró al otro hombre muerto y discretamente se llevaron su cadáver.
Cuando lo consideró oportuno, el hombre preguntó si no podían trasladarlo a la cama que estaba al lado de la ventana, lo trasladaron y lo pusieron cómodo, en cuanto se halló solo, con dificultad se incorporó y lentamente se asomó por la ventana, en frente, a escasos tres metros, había una pared blanca. El hombre comenzó a llorar, no podía entender lo que había pasado.
La enfermera se presentó en la puerta y le preguntó si podía ayudarle en algo, el hombre le preguntó como su compañero podía hacer tan bellos relatos, si la pared le impedía ver la realidad, la enfermera simplemente se encogió de hombros y dijo;
-No sé, cómo era ciego.
Nota:Estas pequeñas historias llegaron a mí al escuchar un cd de un señor que se llama Carlos Barrera “El abuelo”, de igual manera en libros de superación personal se pueden encontrar con algunas variaciones.

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